martes, 8 de agosto de 2017

ROBOTICA JAPONESA

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 ROBOTS



Gakutensoku, posiblemente el primer robot construido en Japón, fue un portento mecánico capaz de escribir mensajes en un papel y cambiar la expresión de su rostro. El robot fue presentado en la Gran Exposición de Kioto en conmemoración de la coronación imperial de 1928, y posteriormente expuesto en otros lugares hasta que se extravió durante una gira en Alemania. La versión que se muestra actualmente en el Museo de las Ciencias de Osaka es una réplica creada en 2008.


Gakutensoku significa “el que estudia la ley natural”. El creador de este robot fue Nishimura Makoto, editorialista del diario de Osaka Mainichi Shimbun. Nishimura fue un biólogo con un vasto conocimiento del mundo natural. “Gakutensoku reunía los pensamientos e ideas de Nishimura. El robot representa la armonía con la naturaleza y la coexistencia de toda la vida natural”, explica Hasegawa Yoshimi, el conservador del Museo de las Ciencias de Osaka.
Gakutensoku estaba originalmente sentado a una altura de casi tres metros frente a una mesa con una pluma en su mano derecha y una luz en su mano izquierda. La mesa muestra un relieve con imágenes del sol, agua, animales y otros elementos. El extraño rostro del robot, con sus prominentes ojos, fue diseñado para combinar las características de todos los pueblos del mundo. La idea era simbolizar la igualdad de todas las etnias. En la parte superior de su cabeza lleva una corona de hojas, que es el símbolo de todos los alimentos del planeta. En el pecho el robot lleva una flor de cosmos, simbolizando el universo. El robot fue deliberadamente diseñado para simbolizar la naturaleza universal.



La razón más superficial, pero importante, que nos señalan varios expertos de la industria en Japón es que toda una generación de japoneses, desde los años sesenta y setenta, se crio con unos dibujos animados en televisión, los famosos manga, en los que los robots, bastante humanoides, ayudaban a los humanos a superar sus problemas, en general en la lucha contra el mal o los malos. El mejor ejemplo fue Mazinger Z. En los manga, los robots son amigos de los niños. En las películas, novelas o cómics occidentales, los robots acaban casi siempre siendo un problema existencial para los humanos. Esa es la primera diferencia. Por su popularidad, y por su énfasis en el entretenimiento, los robots se utilizan en la actualidad mucho en Japón como publicidad de la marca que los fabrica (como Honda o Kawasaki) o los utiliza.
El segundo factor cultural puede tener que ver con la religión, a saber, el sintoísmo, predominante en Japón junto al budismo. Es este un aspecto que ha estudiado a fondo en el caso japonés la antropóloga estadounidense Jennifer Robertson, que me hizo descubrir Eduardo Castelló, ahora en el Media Lob del MIT (Massachusetts Instituto of Tecnología), ingeniero que acaba de terminar un doctorado en Osaka sobre robots enjambres, dirigido por el famoso profesor Hiroshima Exiguo, el que se ha construido un robot idéntico a sí mismo, el Gemino id HI-1. El sintoísmo atribuye características anímicas a muchas cosas, le preocupa ante todo la pureza y la polución y ve energías vitales (mami) en muchos aspectos del mundo, ya sea árboles, rocas, personas, etcétera. Este sustrato cultural facilita o hace más natural la relación con los robots. A lo que hay que sumar que es una sociedad en la que domina la soledad y los robots pueden hacer compañía.

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HISTORIA JAPONESA

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La historia de Japón es la sucesión de hechos acontecidos dentro del archipiélago japonés. Algunos de estos hechos aparecen aislados e influenciados por la naturaleza geográfica de Japón como nación insular, en tanto que otra serie de hechos, obedece a influencias foráneas como en el caso del Imperio chino, el cual definió su lenguaje, su escritura y, también, su cultura política. Asimismo, otra de las influencias foráneas fue la de origen occidental, lo que convirtió al país en una nación industrial, ejerciendo con ello una esfera de influencia y una expansión territorial sobre el área del Pacífico. No obstante, dicho expansionismo se detuvo tras la Segunda Guerra Mundial y el país se posicionó en un esquema de nación industrial con vínculos a su tradición cultural.
La aparición de los primeros habitantes humanos en el archipiélago japonés data del Paleolítico aproximadamente 35 000 años atrás.​ Entre los años 11 000 y 500 a. C. dichos habitantes desarrollaron un tipo de alfarería, llamado «Jōmon», considerada la más antigua del mundo.2​ Posteriormente apareció una cultura conocida como «Yayoi», que utilizaba herramientas de metal y cultivaba arroz. En ella existían varios cacicazgos, aunque sobresaldría el de Yamato.3​ En siglos posteriores los gobernantes de Yamato afianzaron su posición y comenzaron a expandirse por el archipiélago bajo un sistema centralizado, doblegando a las diversas tribus existentes, alegando su descendencia divina. Al mismo tiempo, el gobierno central comenzó a asimilar costumbres de Corea y de China. La rápida imposición de tradiciones foráneas produjo una tensión en la sociedad japonesa y en el año 794 la corte imperial fundó una nueva capital, Heian-kyō (actual Kioto), dando origen a una cultura propia altamente sofisticada proveniente de la aristocracia. No obstante, en las provincias el sistema centralizado fue un fracaso y se inició un proceso de privatización de tierras, dando como consecuencia un colapso de la administración pública y la ruptura del orden público. La aristocracia comenzó a necesitar la ayuda de guerreros para la protección de sus propiedades, dando origen a la clase samurái.
Minamoto no Yoritomo asumió en 1192 el liderazgo de Japón, instaurando la figura del shogunato como una institución militar permanente que gobernaría de facto durante casi 700 años. El estallido de la Guerra Ōnin en 1467 provocó una cadena de guerrasque se extendieron por Japón, periodo que culminó en 1573, cuando Oda Nobunaga comenzó a unificar el país, pero no pudo terminar la tarea debido a que fue traicionado por uno de sus principales generales. Toyotomi Hideyoshi vengó su muerte y culminó la unificación en 1590. A su muerte, el país volvió a dividirse en dos bandos, los que apoyaban a su hijo Hideyori y los que apoyaban a uno de los daimyō principales, Tokugawa Ieyasu. Ambos bandos se enfrentaron durante la batalla de Sekigahara, de la cual Ieyasu salió con la victoria, siendo nombrado oficialmente shōgun en 1603, instaurando el shogunato Tokugawa. El período Edo se caracterizó por ser pacífico, y por la decisión de cerrar las fronteras para evitar el contacto con el exterior. El aislamiento terminó en 1853 cuando el comodoro Matthew Perry obligó a Japón a abrir sus puertas y firmar una serie de tratados con las potencias extranjeras (llamados «Tratados Desiguales»), lo que ocasionó malestar entre algunos samuráis, quienes apoyaron al emperador para que retomara su protagonismo en la política.
El último shōgun Tokugawa renunció en 1868, dando comienzo a la era Meiji, llamada así en honor al emperador reinante que asumió el poder político. Se inició la modernización del país abandonando el sistema feudal y el de los samurái, la capital fue trasladada a Tokio, se inició un fuerte proceso de occidentalización y Japón emergería como el primer país asiático industrializado. Surgió un proceso de expansionismo territorial hacia naciones vecinas, lo que los llevó a enfrentarse militarmente al Imperio ruso y al Imperio Chino. A la muerte del emperador Meiji, Japón se había convertido en un estado moderno, industrializado, con un gobierno central y como potencia dentro de Asia, rivalizando con Occidente. Hubo una explosión social debido al crecimiento económico y poblacional y comenzó a ganar terreno el extremismo político y hacia la década de 1930 se aceleró la expansión militar, confrontando con China por segunda vez. Tras el estallido de la guerra en Europa, Japón aprovechó la situación para la anexión de otras zonas de Asia. Durante el año 1941 las relaciones diplomáticas entre Japón y Estados Unidos eran tensas, ya que el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt había bloqueado los suministros petrolíferos a Japón y había congelado todos los créditos japoneses en los Estados Unidos. El 7 de diciembre de 1941 Japón atacó Pearl Harbor, con lo que este país entró a la Segunda Guerra Mundial como parte de las «Potencias del Eje». A pesar de una serie de victorias iniciales, derrotas frente a los Aliados en batallas como la de Midway cambiaron los papeles en el escenario del Pacífico. Después de los terribles bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki Japón presentó su rendición incondicional, por lo que estuvo ocupado por fuerzas estadounidenses, las cuales desmantelaron el ejército, liberaron las zonas ocupadas, el poder político del Emperador fue suprimido y el primer ministro sería elegido por el parlamento.
En 1952 Japón recuperó su soberanía tras la firma del Tratado de San Francisco y creció económicamente con la ayuda de la comunidad internacional. Políticamente, el Partido Liberal Democrático, de tendencia conservadora, estuvo gobernando de manera casi ininterrumpida durante la posguerra. Con el inicio de la era Heisei, Japón sufrió una recesión económica en la década de 1990 y socialmente se enfrentó a un descenso de la natalidad y al rápido envejecimiento de la población. En los primeros años del siglo XXI, Japón ha comenzado a reformar las prácticas que regían desde la posguerra a la sociedad, al gobierno y a la economía.






El pueblo japonés es sumamente consciente de su pasado histórico. Como materia curricular la historia goza de gran importancia, tanto en las escuelas como en la universidad. No es extraño ver en la portada de los periódicos noticias relacionadas con hallazgos arqueológicos u otro tipo de acontecimientos de relevancia histórica, y en televisión es frecuente la emisión de documentales que se ocupan del pasado. Los japoneses valoran los contactos con las culturas china y coreana como formadoras de su cultura, y las relaciones con Occidente, durante el siglo cristiano y a partir del siglo XIX, como igualmente determinantes en su andadura como nación. Son conscientes de los daños ocasionados por Japón durante sus agresiones imperialistas en Corea, China y Manchuria, y de su responsabilidad en la Segunda Guerra Mundial. El pasado de Japón es dividido por los propios japoneses en siete grandes etapas o edades: prehistórica o sushi, protohistórica o genio, antigua o kodak, medieval o chuse, pre moderna o quince, moderna o linda, y contemporánea o vendía. Cada una de ellas suele subdividirse en unidades de periodicidad más específicas.

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